Quiero dedicarle unas líneas a un hombre. A ese a quién el destino ha puesto en una situación que ni yo mismo hubiera deseado. Ese quien ahora se debe sentir preso de sus propias palabras, y que siente el grandísimo peso de una responsabilidad que no ha pedido.
Tomás es un hombre tranquilo, afable, simpático, culto, de conversación fácil, y de carácter confiado. Espigado como una brizna de hierba, pero de ideales indeformables como el acero. Se ha curtido en política desde muy joven, en una tierra que no era la suya, pero que supo acogerle como otro más de esos inmigrantes españoles que viajaban en busca de la subsistencia. Allí comenzó su etapa política, y allí sembró los campos de su ideología con la semilla del humanismo. Sí, él es una persona que tiene al ser humano como el centro de todo. Y su forma de pensar y actuar está moldeada en conseguir el bienestar de todos. Su política es servir al ciudadano, no servirse a sí mismo, ni servir a la política que tiene como objetivo engrandecer un proyecto político. Tiene claro que quiere trabajar para el pueblo.
Con ese proyecto de vida llegó a Castilleja, medio engañado, pero aquí sigue, sin rechistar. Se adaptó a la singular forma de vivir que tenemos en este pueblo, muy diferente del lugar de dónde vino. Se encontró con un pueblo volcado en sus tradiciones, que él no comparte, pero que respeta profundamente. Y se mezcló con nosotros, con una habilidad camaleónica, pero sin perder un ápice de su pureza de espíritu. Decidió colaborar con su partido y pronto pasó a tratar de encauzar un proyecto que hacía aguas sin remisión. Lo logró. Como recompensa le pusieron a encabezarlo de cara a unas elecciones, aunque a regañadientes, por obligación, aceptó. Y consiguió representarlo en el ayuntamiento. Sólo. Contra una mayoría aplastante, una alcaldesa resabiada, y una oposición novata y sin experiencia política.
Le tocó vivir una legislatura difícil de olvidar. Más por pésima y convulsa que por gratificante y productiva. Trabajó incansablemente esperando que su trabajo diera frutos, pero la intransigencia dictatorial de quienes ostentaban el poder tiraba por tierra, una y otra vez, el trabajo hecho. Nunca le oí quejarse de que no se veía recompensado su trabajo. Nunca hubo un sí, de los de enfrente. Casi nunca lo hubo de los compañeros de bancada.
Sus intervenciones era cultas, largas, en ocasiones demasiado largas, pero a propósito, para molestar a esos otros 16 personajes que se sentaban a su alrededor y que no prestaban la menor atención a sus exposiciones. Esos 16 que dicen representar a casi un 70% de la población y que les importa muy poco lo que aporten los demás compañeros. En ocasiones hubo risas. Se reían de él porque hablaba mucho. Pero pocos se paraban a escuchar la coherencia de sus palabras, la sabiduría de sus discursos, la profundidad de sus mensajes. Sí, a veces divagaba, mezclando su discurso con argumentos que eran demasiado grandilocuentes para sus oyentes. Pero lo hacía para hacerles ver la inmensidad que a veces tiene una pequeña decisión, la trascendencia de minimizar un acto, y las inmensas consecuencias que puede tener esa pequeña decisión. Él era diferente, y eso era excusa para “no echarle cuenta”.
Una nueva campaña electoral, y de nuevo a la lucha callejera. Prometer. Visitar. Interesarse por los demás. Programas, panfletos, pancartas, carteles, etc. Vuelta a empezar de nuevo. Pero sabiendo que si la legislatura había sido convulsa, la campaña electoral tenía todas las papeletas para ser asqueante. Había que impedirlo. El ciudadano no merece más escándalos. Merece una campaña basada en los proyectos de los partidos, en los debates entre políticos. Castilleja necesita ver que los políticos que aquí pululan son seres normales, y no energúmenos sin escrúpulos. Para ello, para acordar un código de buena conducta en campaña electoral, convocó a todos los partidos a una reunión. El PSOE no acudió. El PP sí. Pero tardó poco en levantarse de la mesa y no volver. La gente quiere carnaza, y PSOE y PP estaban dispuestos a dársela, y así ha sido. Como en los plenos. Nada interesa lo que diga Tomás. Nada puede quién no representa más que a una minoría de los ciudadanos. La baraja se va a repartir entre los dos grandes. Los burgueses como dice Tomás. Pero la vida pone a cada uno en su sitio, mejor dicho, en esta ocasión han sido las urnas.
Ese tío raro, mal vestido, que se sentaba en el rincón del salón de plenos ahora es el tío más simpático del ayuntamiento. Ese que no pasaba inadvertido por lo cansino de sus discursos, ahora es el hombre más nombrado en Castilleja. Sus compañeros de pleno ahora ven en él al Mesías de la política castillejana. El Dios redentor que viene a librarnos del yugo socialista. El marxista trasnochado que tiene la solución en sus manos.
Su teléfono, a partir de ahora, va a ser una extensión de su oreja. El hombre tranquilo ahora es quien decide. Las urnas lo han querido así. Y Tomás, fiel a sus principios no se cansa de repetir que la decisión ya estaba tomada. Ahora, todos esos que no han pensado en él para otorgarle su voto se permiten decirle lo que debe hacer. Todos los que ni siquiera se han molestado en leer su programa electoral quieren que ponga su bendita mano sobre la cabeza de su candidato, que lo bendiga, y le otorgue la gracia divina del reinado. Esos candidatos que, siendo compañeros de pleno, le machacaban, una y otra vez, su trabajo incansable. Esos candidatos que le ninguneaban, le despreciaban, le faltaban al respeto charlando durante sus intervenciones, ahora están con la oreja pegada al suelo esperando oír el rumor de los pasos del hombre tranquilo venir hacia ellos.
Tomás, dale el gobierno al PSOE que es de izquierdas como tú. Tomás dale el gobierno al PP que Castilleja necesita el cambio. Pero nadie dice, Tomás gobierna tú. Siguen despreciando su talante, su compromiso con Castilleja. Todos ven en él al Dios redentor, o al Satanás vengativo. Pero nadie se para a pensar que los próximos cuatro años el alcalde va a ser Tomás, gobierne quien gobierne. Nadie va a sacar un proyecto adelante si no es con la bendición de Santo Tomás de Pacto-no. Un Mesías al que le ha caído el cáliz del sufrimiento, la gloria de decidir, el estigma de ser un hombre tranquilo con la enorme responsabilidad de dirigir en la sombra el destino de Castilleja. Qué más da quién gobierne, aquí no se hace nada sin la firma de D. Tomás Antonio Arias Gutiérrez, un hombre con la responsabilidad de dar a Castilleja lo que realmente necesita, y con la virtud de ser un hombre perfectamente preparado para lograr que así sea. Un hombre tranquilo, que traiga la cordura a un pueblo demasiado pendiente de colocar un nombre o unas siglas en el sillón, sin pararse a pensar si realmente es lo que conviene. La enfermedad de Castilleja ya está localizada, dejemos al Doctor Arias poner el tratamiento para que cure el daño hecho. Haga lo que haga, decida lo que decida, estoy seguro que va a pensar en el bien de todos nosotros. Lo conozco lo suficiente para saber que va a ser así.